Prólogo

“Gozaos y alegraos, ―repiten los poderosos, los ricos, los elegidos, a los débiles, a los pobres y sojuzgados― porque vuestra recompensa será grande en los cielos”

Casi siempre que emborrono el blanco inmaculado de las hojas virtuales de un Word que aparece, como un milagro de nuevo cuño, delante de la pantalla, pienso en unas palabras, parte del poema del retrato de Antonio Machado:

… no amo los afeites de la actual cosmética, ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar. Desdeño las romanzas de los tenores huecos y el coro de los grillos que cantan a la luna…

Y en todas ellas, en todas las páginas que luego han pasado de la virtualidad al papel, he tratado de evitar mirarme el ombligo, evitar escribir una serie de palabras bonitas, onomatopéyicamente perfectas que solo fueran eso, onomatopeyas de un gay trinar que depositan sus aceites sobre la cruda realidad pretendiendo ocultarla.

Tampoco sé si siempre lo habré conseguido pero mi pluma querría huir de la estética por la estética, del soneto por el soneto, y pretende señalar, denunciar, gritar al océano del aire cuantas injusticias, maldades, mentiras flagrantes observe.

No pretende enseñar, tan solo indicar, ayudar a pensar por uno mismo. Y esto quiero creer que también es posible con una prosa amena, alegre, hermosa, pero que nunca olvide que un escritor debe involucrarse en el mundo que ve, en ese mundo cínico muchas veces, opresor sobre los oprimidos, que hay que denunciar desde la óptica, un poco más cómoda, de quien quiere ejercer cultura.

Las páginas que siguen en eso querrían incidir. Querrían que las leyeras de manera ágil, que te divirtieran, que ayudaran a que tu imaginación se perdiera por los bosques senegaleses o por las turbias oquedades de despachos de La Castellana, pero que siempre te movieran, un poco al menos, a disfrutar de tus sentimientos.

Me sentiría feliz si, en algún momento, la lectura de estas historias, de estas páginas, hubieran ayudado a que, en el universo de tu conciencia, salieran a flote el dolor, el afecto, el gozo, la furia, la valentía, también el compromiso, el amor por la libertad de los demás, evidentemente, también de la tuya, la responsabilidad ante el mundo que nos toca vivir, un mundo maravilloso pero que podría ser maravilloso para todos y no solo para una parte, si ayudáramos a desterrar injusticias, mentiras, maldades, supersticiones y cinismos.

Pienso que sonreirás más de una vez cuando leas la fábula del “viejecito…” con la que se inicia el libro y “la milagrosa transmutación de Anaya y Lorenzo” con que se termina, narraciones de imposibles mezcladas con realidades contadas de otra manera. El trasfondo, la relación entre tanto zapatito rojo y tanta hipocresía que soporta tales desmanes sé que te rebelaras a aceptarlo.

 

Carlos Tundidor

Relacionadas...

La gente comenta...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio