A Gloria Fuertes, poema

Naciste un julio, casi sin querer,

aunque tu parto fuera de dos días.

Madrid flirteaba a la sombra del Manzanares,

tú compartías con él hambre y sed.

 

De niña, pusiste un color más en tu cartilla:

te gustó y te enamoraste.

Parecía definitivo el estandarte:

amarillo de espiga,

rojo de vida,

morado con aroma de lavanda.

 

Solo duró ocho años,

lo mató un general de brazo en alto.

Después, ese añil trocó a rojo,

―esta vez, sangrienta plasma―

para poner el fondo a tu escritorio más,

bastante más que una eternidad.

(¿Sabes?: los tiranos suelen durar).

Pese al lánguido gris de la oficina,

de ese cenizo siniestro y egoísta,

―once por once, son noventa y seis

y se lleva el ministro, al menos, tres―

pusiste colores en tu paleta

con que tapar el roto de la guerra.

El verde lo usaste para luceros y astros.

(Todavía seguían orientando

a una paloma perdida y a cierta muchacha

que quería amar en paz, sin palabras).

La paloma la pintaste bermeja,

reservaste el blanco para su vuelta.

El raudo tiempo,

aquel entrañable viejo,

caminaba por tu lado.

De cuando en cuando

también lo hacía

algún beso por tu vida.

 

Y entonces, tu risa de niña buena

alegraba la corbata de tela.

Causaba gloria verte

en tu Vespa azul repartiendo versos,

fuera martes y trece,

ya fueran canciones, coplas y cuentos.

 

La sonrisa continuaba en tus labios

y el amor ¡por fin!, a nado

cruzó desde América, a recalar

en tu hombro, al abrigo del mar.

 

Señaló el ángel de muerte

a Phyllis. Volvió tu suerte

a los niños, al vuelo sin cometa,

al globo que se escapa de la tierra,

a la paz borroneada con tres letras

que tarda ya, igual que la paloma

que emigró de estos parajes, hambrienta,

y aletea triste y sola.

 

Ciento un años ha que saliste al mundo,

cansada de vida, harta de fama,

un sillón vacío, al lado del tuyo:

dijiste un adiós desde tu ventana.

Los restantes, aquí quedamos, Gloria,

releyendo tus versos, tus historias;

aquellas que entienden mejor los niños,

las que maldicen el fusil, al rico

tacaño que fabrica las hambrunas,

las que hablan de paz, de guerra nunca.

 

Carlos Tundidor 2023

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