Parece evidente que las distancias cortas se le dan bien a Carlos Tundidor. Y no me refiero solamente, que también, en lo relativo al trato personal, sino a su gusto por el relato corto, por su afición a contar historias en pocas páginas.
Tras los SUSURROS AL VIENTO que lanzó el pasado año, nos presenta ahora una nueva selección de relatos, donde insiste en algunas constantes de su literatura, lo que le hace un escritor perfectamente reconocible. Así su afición viajera, no solo por tierras aragonesas sino por otros destinos más exóticos. Destinos que le sirven de inspiración para sus historias atravesadas por un toque onírico, cuando no de realismo mágico como en la del “pueblo que había perdido la sonrisa”.
Este relato, que si fuera cine cabría definirlo como mediometraje, enlaza con sabiduría su vena ecologista con la poética, hasta el punto de haberme recordado en algún detalle al viejo musical “Brigadoon”, que llevaron a la pantalla Gene Kelly y Cid Charidsse.
Viajero empedernido, gusta de escuchar lo que los lugareños le cuentan por esos pueblos a veces abandonados de la mano de Dios, y algunos de sus relatos nacen bajo el recuerdo de esas historias. Le gusta al autor jugar con el oficio/arte de escribir. Deja entrever su posición ante la vida, su sesgo a la izquierda, su galdosiana vena anticlerical. En una palabra, se desnuda ante nosotros los lectores.
Y todo ello sirviéndose de unas historias nada complejas ni sofisticadas, con un correcto empleo de nuestra lengua, un hábil manejo de la parte coloquial de sus historias y un fino y sutil sentido del humor, virtud esta que siempre agradecemos los lectores. Como reza el título, son ráfagas de buena literatura y garantía de inteligente entretenimiento. Lo que uno busca cuando se sumerge en la magia de empezar un nuevo libro.
FERNANDO GRACIA
