Cuando, seis años más tarde de dar comienzo de los homenajes anuales a destacados poetas e intelectuales republicanos ―represaliados todos de diversas maneras: fusilamiento directo, muerte en prisión, agonía en el exilio, encarcelamiento durante media vida, la expatriación forzada de una entera, o la compartición de la prisión interior de todo el país durante cuarenta años― me encontré con variados documentos, escritos, historias, relatos, reflexiones de dichos encuentros que no merecían el destino de la papelera.
Al menos eso pensé. En esa confianza que tenemos los escritores de que la recopilación de unas historias diversas y distintas ocupe un lugar en el aprecio de algunos y atesoren, eso espero, una suficiente calidad literaria, tomé el toro de la compilación por los cuernos, un día del verano, y decidí darle forma para que, en su momento y si hubiera una editorial que publique y difunda, pudiera salir un nuevo libro, otra brizna de cultura, a la calle.
No es un libro de biografías, no. Hay muchas publicadas mil veces mejores que las que podría haber hecho. Tampoco es un libro de homenajes sin más, ni un libro de viajes. He intentado construir unas páginas en donde la lírica, algunas historias menos conocidas y emparentadas con ellos, las posibles luchas interiores con sus sombras, las fabulaciones sobre sus comportamientos ante situaciones posibles pero no reales, se hayan mezclado y den, por resultado, un libro ameno, riguroso en la medida histórica, soñador y utópico en las situaciones no reales, y siempre respetuoso con las figuras humanas de seis hombres, de seis poetas que dieron y dan, puesto que uno de ellos está en perfecto estado de salud en estas fechas, lo mejor de sus vidas en la defensa de unos ideales, de unos valores humanos que van por encima, muy por encima de cualquier clasificación política.
No fueron hombres perfectos, tampoco lo ambicionaron. Seguro que, como todos, pequeñas sombras han podido pasar por sus vidas, pero lo que importa es el resultado global. En la balanza que Osiris les pueda presentar, triunfa clamorosamente, en todos ellos, el platillo en el que es pesado lo bueno, y eso es lo que cuenta al final.
Hay algo que les unió a los seis: un símbolo, una bandera tricolor, es el símbolo central de la portada. En ella hemos colocada la que se dejó en la humilde tumba de Don Antonio como símbolo de las restantes que se fueron dejando en los lugares en los que murió el resto, salvo la de Marcos Ana, felizmente entre nosotros a la fecha, que se dejó en los montes de Estépar, tumba de más de un millar de asesinados republicanos.
Pero no es la defensa de un trapo, más o menos coloreado, lo importante. La bandera republicana podrá ser más o menos bonita pero no pasaría de ser un tejido de color si no fuera por lo que simboliza. Y es eso, precisamente, lo que unió a estas seis personas.
Porque lo que encarna esta enseña es una defensa de la igualdad, de la justicia, de la libertad, de la concordia entre todos los que vivimos en esta tierra, en este conjunto de tierras, en este planeta donde habita ―habitamos― una especie que, demasiadas veces, ha ―hemos― echado por tierra estos valores mediante sistemas dictatoriales, privilegios de pocos, injusticia para la mayoría, el egoísmo y la avaricia de unos individuos que solo aspiran a ser, cada vez, más ricos, más poderosos, más inhumanos.
No tenemos que ir muy lejos en el tiempo y en el espacio. Hoy, en esta España nuestra, vuelven por sus fueros la injusticia, la pérdida de libertades, la avaricia, la desigualdad más absoluta, la dictadura de unos pocos con la excusa de una falsa democracia formalizada engañosamente cada cuatro años.
Ésa es la significación de tal símbolo que unió en su momento a seis enormes literatos, poetas, y luchadores de la libertad y de la igualdad. Un símbolo que, hoy día y en esta España nuestra que sigue siendo de charanga y pandereta tantas veces, es el objetivo de las generaciones actuales para que la venideras puedan disfrutar de los ideales que personifican y que no sean simples quimeras.
Gracias a Don Antonio Machado, nuestro mejor lírico del siglo veinte y hombre bueno por encima de todo; a Miguel Hernández, juglar del pueblo y de la rabia; a Federico García Lorca, poeta del color, del llanto, autor de obras de teatro tan sublimes como Yerma; a Gabriel Celaya, poseedor de un arma tan formidable para alcanzar esos ideales como es la poesía; Rafael Alberti, marinero en tierra, Juan Panadero, cantor de la luz y de la mar; y a Marcos Ana, el único de los seis que sigue en la brecha, poeta forjado con los hierros de la prisión y que, por fin, pudo saber cómo era el árbol simbólico de la libertad.
Gracias a todos y gracias a los que lean estas páginas, sobre todo si, en alguna de ellas, la emoción les haya podido embargar.
Carlos Tundidor Octubre de 2015
